Los New England Patriots ganan la Super Bowl 2019 a Los Angeles Rams

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Los New England Patriots ganan la Super Bowl 2019 a Los Angeles Rams

Brady y Belichick logran su sexto título y nadie tiene ya más que
Edelman, MVP de la Super Bowl com menos anotación de la historia: 13-3

Gandalf nunca llegaba pronto ni tarde, llegaba justo cuando se lo había propuesto. Y los Patriots nunca ganan bonito o feo, ganan justo como lo han planeado.

Los magos son así. Tras protagonizar en la ronda anterior un festival anotador contra los Chiefs, que todo el mundo esperaba que se repitiese ante otro ataque explosivo, el de Los Ángeles Rams, Tom Brady y Bill Belichick decidieron fortificar su sitio en lo más alto del Panteón ganando la Super Bowl con la anotación más baja de la historia: 13-3. La broma definitiva para los haters. Ganar aburriendo, torturar al personal, reírse del mundo. Son crueles, son gigantes, son leyendas.

Con este campeonato, el sexto de la pareja, Brady se convierte en el jugador con más anillos de la historia, el quarterback más viejo en lograrlo (41 largos) y tiene ya tantos títulos como la franquicia (hasta hoy) más laureada, los Pittsburgh Steelers. Y para lograrlo, el GOAT (la cabra, the greatest of all time, el puto amo, como ustedes quieran decirlo) no necesitó jugar bien. No lo hizo, de hecho, con una actuación más aseada que dominante. Pero como en una buena película, cuando el héroe se mostró renqueante, llegaron al rescate sus viejos amigos: Julian Edelman (MVP del partido con 141 yardas de recepción y, durante tres cuartos, todo el ataque del los Patriots personificado en un barbudo de menos de 1’80) y Rob Gronkowski, el viejo y destrozado físicamente Gronko, seguramente apurando sus últimos minutos de fútbol antes de pasar a apurar varios barriles de cerveza, apareció cuando todo parecía torcerse. Empatados, a falta de siete minutos, se quitó cuatro años y cien lesiones de encima para inventarse una recepción decisiva para que el novato Sony Michel sólo tuviera que empujar el touchdown definitivo en la siguiente acción. Los gigantes nunca encogen.

La sucesión de acontecimientos del tramo final se remató con una intercepción de Gilmore a Jared Goff, el joven quarterback de los Rams que, al igual que su entrenador, Sean McVay, se pasó persiguiendo sombras toda la noche, superados ante la sarcástica mirada de esos dos señores mayores que, tal vez, ni siquiera lo sean tanto, porque ¿cómo se mide la edad de alguien inmortal? Pero hasta ese pequeño subidón de los últimos minutos (que fue más un beso en la mejilla que sexo salvaje, no vayamos a exagerar) el partido fue un tostón. Insufrible para quienes se acercan a la Super Bowl como una fiesta de un día y levemente soportable para los devotos. Pero un tostón en todo caso.

Empezó torcida la cosa cuando la NFL, en un ejercicio de cinismo que sería admirable de no ser deleznable, homenajeó a Martin Luther King antes del partido. Lo hizo poniendo a su hija a lanzar la moneda al aire en el sorteo inicial. Muy bonito, sí, pero igual sería mejor manera de honrar a quien murió por defender los derechos de los afroamericanos dejar que los jugadores protestasen por la desigualdad racial como les diera la gana. Mejor todavía sin echarles de la liga. Saludos de Kaepernick. Hay que tener jeta.

Y el juego no ayudó a quitarse rápidamente el regusto amargo. En la primera mitad, los Patriots dominaron de principio a fin a unos Rams que fueron incapaces de hacer otra cosa que alejar el balón de una patada en sus ocho primeras posesiones. Pero en lo que durante muchos ratos pareció la humanización televisada de un dios, Brady falló en la ejecución cada vez que se acercó a la zona de marca. Una intercepción, un cuarto down fallado, varios pases imprecisos y una patada a palos errada por Gostkowski dejaron lo que debía haber sido un 12-0 en un rácano 3-0. Los Rams vivían sin saber cómo. Tampoco sabemos cómo no se les quitaron las ganas (de vivir) tras ver la actuación de Maroon 5, a la que no le dedicaremos más líneas porque el insulto no está permitido por el libro de estilo de este periódico.

El equipo californiano mejoró levemente en la primera parte. No en plan mutación radical tipo My Fair Lady, sino como echarle un poco de aceite a las acelgas o bajar el volumen a Javier Cárdenas. Te sigues queriendo morir, pero más lentamente. Con eso les bastó para hacer un drive medio decente, empatar a tres y poner a todos los aficionados de los Patriots al borde de un ataque de nervios. Ya saben que los topicazos, por más que no los respalden los datos, pesan mucho: “En deporte, quien perdona lo acaba pagando”. O no.

Porque a Brady, a este Brady crepuscular que piensa seguir jugando hasta los 45 y cuyo ocaso es el cénit de casi todos los quarterbacks de la historia, aún le quedaba un arranque de genio. Y un Edelman. Y un Gronkowski. Y con eso bastó. Porque los Patriots nunca ganan bonito o feo, simplemente ganan. Una y otra vez. Contra el mundo, contra la historia y contra el tiempo. Su reino hace tiempo que dejó de ser de este mundo.

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