Chelsea, un justo campeón de Champions ante el City de Pep

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Chelsea, un justo campeón de Champions ante el City de Pep

Se trataba la final de Pep Guardiola, o al menos eso decía el guion. Era una aberración que el técnico de referencia de su generación, el filósofo, el pensador, el motivador, el estratega, el que ha creado la escuela a la que se han apuntado Klopp, Flick, Nagelsmann y el propio Tuchel, llevara una década desde que asombró al mundo haciendo un fútbol de otro planeta para que el Barça conquistara en Wembley su cuarta Copa de Europa apabullando al Manchester United. Pero la de Oporto fue una noche cruel para el de Santpedor, lo cruel que puede ser el fútbol.

El partido fue un viaje al pasado y al futuro. Al pasado, porque también en el 2012 el Chelsea cambió de entrenador a media temporada y se llevó la corona con Roberto di Matteo. Esta vez cambió al inocente Frank Lampard por Thomas Tuchel, de la escuela guardiolista y alemana, y la operación también le ha salido redonda. Y al futuro, porque es la segunda final en tres años protagonizada por dos equipos ingleses, y las que quedan. El dinero está en la Premier gracias a los derechos de televisión.

Con frecuencia las grandes finales son partidos más cerrados que un bar o un restaurante en una pandemia después del toque de queda y con confinamiento perimetral. No así la de ayer en Oporto, con las dos porterías abiertas de par en par y tantas oportunidades que fue milagroso que sólo cayera un gol, obra de Havertz, el jugador más caro en la historia del Chelsea, al filo del descanso.

Pero a veces la realidad no responde a los guiones escritos de antemano, y eso es lo que ocurrió en la primera parte. El City, favorito y ganador de tres de las últimas cuatro Premiers, se vio con frecuencia desbordado, víctima de los mismos errores defensivos que le han costado la eliminación en las últimas ediciones de la Champions, de esa defensa alta que a veces los rivales superan con un solo pase. El Chelsea necesitó únicamente tres para que Mount tocara en el centro del campo, en la banda izquierda, y habilitara a Havertz para que superara la salida de Ederson a la desesperada. Era el 0-1.

No puede decirse que fuera ninguna injusticia, porque el Chelsea fue el mejor de los primeros cuarenta y cinco minutos y podía (debería) haber marcado alguno más si Timo Werner, otro de los costosos fichajes de esta temporada, no hubiera desaprovechado un triplete de ocasiones de oro entre los minutos diez y quince, primero rematando al aire un servicio de Havertz, luego disparando a las manos del portero en inmejorable posición, y finalmente forzando a Ederson a desviar el balón al lateral de la red. Aparte de eso, un cabezazo de Kanté culminando una jugada colectiva de los blues también puso en un puño el corazón de Pep y de los seis miles seguidores del City desplazados a Oporto.

No es que el equipo de Manchester careciera de oportunidades en una primera parte frenética en la que la pelota iba de una portería a la otra, los desbordes eran constantes y el City –aunque dominara la posesión por 58% a 42%- no conseguía serenar el partido y dominarlo como suele ser habitual. Al poco de comenzar, un pase largo de Ederson estuvo a punto de culminarlo Sterling, y cerca de la media hora Rudiger tuvo que intervenir para que Foden no rematase a placer un pase de De Bruyne, que jugó de falso nueve. Inmediatamente después, Walker profundizó por la banda y Mahrez no llegó a su centro por milímetros.

El City salió del vestuario con renovados bríos y dominó la posesión más de acuerdo a lo que estaba previsto, pero sin crear grandes oportunidades de gol ante un Chelsea más especulador. En el minuto 67 César Azpilicueta desbarató in extremis una buena combinación de los campeones de la Premier, justo antes de que Gündogan atinase a rematar un pase de Mahrez. Pero fueron los londinenses, cinco minutos después, quienes tuvieron la ocasión de sentenciar el partido en otro contraataque fulminante que pilló a contrapié a la defensa de Pep, pero el norteamericano Pulisic, solo ante Mendy, mandó el balón fuera.

Guardiola, que había tenido que reemplazar al lesionado De Bruyne (en un choque con Rudiger) por Fernandinho y dando entrada a Jesús, ofreció a Agüero, a sólo un cuarto de hora del final, la ocasión de convertirse en leyenda del City en su último partido con el conjunto de Manchester, antes presumiblemente de desembarcar en el Camp Nou. Pero ya todo era a la desesperada, los minutos pasaban y la defensa del Chelsea se mantenía firme. Presión, balones a la olla, pero nada. Excepto en el último de los siete minutos de tiempo añadido, cuando un remate de Mahrez desde el borde del área salió rozando el larguero. Pep tendrá que seguir esperando.

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