Brady y los Bucs se quedan con el Super Bowl

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Brady y los Bucs se quedan con el Super Bowl

La mejor escena de toda buena película de atracos es el momento en el que el líder, normalmente un tipo legal al que las circunstancias empujan al delito, decide que va a dar un último golpe y reúne a la banda, sacando uno a uno del aparente retiro a sus viejos colegas. La pasada primavera, Tom Brady, un señor de 43 años que debería estar en su California natal tomando daiquiris pero por algún motivo sigue ganando Super Bowls, provocó un terremoto nunca visto en la NFL al marcharse de los New England Patriots, el equipo con el que había dominado la liga durante 20 años, y fichar por unos Tampa Bay Buccaneers que ni siquiera habían jugado playoffs. Una vez dado ese paso, descolgó el teléfono. Al otro lado respondió Rob Gronkowski, el gigante amable con la espalda destrozada, el viejo compinche junto al que ganó tres títulos en Boston y que llevaba un año retirado, de fiesta en fiesta por Florida. “Ven”. Y Gronko fue. Luego llamó a Antonio Brown, el mejor receptor de la década pasada, pero también un tipo problemático que a base de escándalos extradeportivos parecía fuera de la NFL para siempre, de hecho estaba sancionado hasta mitad de curso. Pero Brady tenía un plan: “Ven”. Y Antonio fue. Ayer, antes del descanso, Brady había dado dos pases de touchdown a Gronkowski y otro a Brown. Tampa se marchó al vestuario ganando 21-6 y el resto es historia.

Perdón, el resto es Historia. Los Patriots y los Pittsburgh Steelers son los dos equipos con más campeonatos en sus vitrinas: seis. Tras demoler a los favoritos y vigentes campeones, los Kansas City Chiefs, por 31-9, Tom Brady ya ha ganado siete. En un deporte cuya esperanza de vida activa es corta y en el que todo está organizado para que la igualdad sea máxima, el caso de Brady no tiene sentido. Ningún sentido. Hace tiempo que ya no compite con Peyton Manning, Joe Montana o Aaron Rodgers por ser el mejor quarterback de la historia. No, su liga es otra. La de Michael Jordan, la de Muhammad Ali, la de Usain Bolt. La de las leyendas universales.

En su camino quedó Patrick Mahomes, el elegido, el único que nos permite imaginar que la barbaridad de Brady es repetible, al menos, que alguien puede aproximarse. No lo sientan por él. Tiene 25 años, ya un anillo e incluso en un partido como éste, en el que se vio bajo permanente asedio por parte de una defensa magnífica que devoró a su maltrecha y catastrófica línea ofensiva (los cinco señores, digamos, amplios que se sitúan delante del quarterback para protegerle), dejó cuatro o cinco pases que son físicamente imposibles para un humano. Pero en sus tres años como titular, no está del todo claro que Mahomes lo sea.

En esta Super Bowl su magia quedó en nada, sorprendentemente traicionado por sus mejores socios, Travis Kelce y Tyreek Hill, dos superestrellas a las que, repentinamente, las manos se les pringaron de mantequilla y dejaron caer varios balones sencillos que, tal vez, quizás, quién sabe, hubieran podido desencadenar una reacción. No la hubo. Tendrán más oportunidades. Hasta en su peor día, Mahomes es un prodigio.

La paliza fue tal que difuminó los detalles. El exceso de faltas evitables (de hacer y de pitar) en el primer tiempo, la pionera Sarah Thomas siendo la primera mujer en arbitrar una Super Bowl, la gran segunda mitad de Leonard Fournette, otro desheredado que se apuntó a la banda de Brady en busca de redención y gloria y la encontró a puñados. Ni siquiera restó protagonismo el concierto del descanso. Esta vez no disfrutamos del milagro de Prince, la barbaridad de Beyoncé, la brillantina de Jennifer López y Shakira o los míticos tiburones borrachos de Katy Perry. Nada, sólo una intrascendente actuación de The Weeknd, que nos recordó que, en estos tiempos oscuros, todos los fines de semana son un maldito lunes.

Los dos últimos cuartos fueron un plácido camino hacia la coronación de Tom Brady. La séptima ascensión del mito que hizo un pacto con el diablo y no envejece. Un rey cuyo reino ya no es de este mundo. Y el año que viene vuelve. El jodido psicópata vuelve. La grandeza bordea la locura y él es el más grande.

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